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En “La Ballena Azul”, con reclamos y protestas

 

CIERRE DEL AÑO PARA LA SINFÓNICA NACIONAL

 

CCK - Sala Sinfónica

Viernes 1º de diciembre de 2017

 

Escribe: Carlos Ernesto Ure

 

 

Wagner: Obertura de “El Holandés Errante”;

Rachmaninov: Concierto Nº 4 para piano y orquesta, en sol menor, opus 40;

Elgar: Variaciones sobre un tema original, opus 36, “Enigma”.

 

Antonio Formaro, piano

Orquesta Sinfónica Nacional (Guillermo Becerra).


Tal como se lo viene reiterando en cada sesión, los músicos reclamaron de viva voz por la falta de concursos, sus bajos salarios y la total desatención con que trata al organismo el Ministerio de Cultura. Para hacer patente su insatisfacción, actuaron vestidos con chocantes ropas informales (“jeans”, zapatillas, remeras, camisas deportivas de manga corta), en contraste incluso con el solista, quien se presentó de frac. La Orquesta Sinfónica Nacional clausuró el viernes su ciclo de este año (según sus integrantes, con apresurada anticipación), ante una sala absolutamente repleta (no hubo prácticamente un lugar libre en “La Ballena Azul), en una velada que sin perjuicio de ciertos méritos, se caracterizó por sus irregularidades discursivas.

 

El Cuarto, de Rachmaninov
Con Guillermo Becerra en el podio, la función comenzó con una versión estilísticamente impecable de la obertura de “El Holandés Errante”, con imprecisiones de ataques en los vientos y “escrocadas” en los cornos, en la que destacó sin embargo la diafanidad de los violines.


El plato fuerte de la jornada era de todas maneras el Cuarto Concierto para piano, de Rachmaninov, pieza de ejecución infrecuente debido a su inventiva desigual: el compositor ruso, y esto es así, no sabía cómo terminar de elaborar el “allegro vivace” final, que se desliza entonces, por un terreno de devaneos insustanciales y poco inspirados.


La nota saliente de la ejecución estuvo constituida desde ya por la falta de comunión estética (digamos: de “feeling”) entre el conductor y el pianista. Cáustico, cortante, desbordante el uno, de mayor lirismo, despliegue y efusiva sensibilidad el otro, cabe apuntar que aún frente a este incómodo escollo, la labor de Antonio Formaro pareció de primera línea.


En efecto; emergiendo como pudo en más de un pasaje frente a una orquesta que lo sobrepasaba, su fraseo en el “largo” puso en evidencia exquisitas pulsaciones y acentos, bella limpieza de toque e intensidades y una comunicatividad melancólica, si se quiere de mirada teñida de un dejo introspectivo, un tanto pesimista, tal como lo reclama la obra (que es de 1926 y fue reelaborada en 1941).

 

Movilidad
En la porción final, la traducción de las “Variaciones Enigma”, de Edward Elgar, puso en evidencia las características salientes que guiaron el lenguaje del maestro; esto es, atildada y equilibrada exposición en pianos y pianíssimos, de texturas claras, salpicados por arbitrariedades en orden a dinámica y gradaciones y recurrentes y desproporcionados exabruptos, disruptivos de una línea expresiva cohesionada.


La última: tal como corresponde al desorden habitual de la oficina de prensa de la Nacional, nadie nos reservó los lugares comprometidos previamente por LA PRENSA. Debimos ubicarnos entonces, como pudimos, en un lateral, encima de la Orquesta en el inicio, sentados luego en una grada en el fondo de la platea en la obra que le siguió, y en la segunda bandeja alta en la sección final. La original experiencia nos sirvió, de todos modos, para apreciar la remarcable buena acústica del recinto.


Calificación: bueno
Carlos Ernesto Ure